LA OPINIÓN AJENA

Columna publicada en La Vanguardia (12 agosto 2016)


Sin duda, a todos nos gusta generar simpatía entre nuestro entorno, que hablen bien de nosotros, que los demás tengan una buena opinión nuestra a nivel personal y profesional. Aunque sabemos que nunca llueve a gusto de todos y que es totalmente imposible caerle bien a todo el mundo, ¿cuántas veces nos hemos sorprendido dándole vueltas a la cabeza a raíz de un comentario ajeno? Por qué entramos en una cascada negativa de pensamientos, en un bucle que nos angustia y atormenta?


Es totalmente humano; nos montamos nuestra propia película, un guión que elaboramos de forma inconsciente y nos maltratamos sin piedad.


Las redes sociales, que obviamente tienen aspectos muy positivos, pues han cambiado la forma de relacionarnos con el mundo y con la información, son caldo de cultivo de dardos envenenados que atentan no solo contra el ejercicio de una profesión, sino también contra cualquier cosa que hagamos o digamos públicamente. Parapetados tras el anonimato algunos disfrutan agrediendo la identidad más intima y profunda de sus victimas.


Es lícito y maravilloso poder expresar libremente nuestra opinión, nuestra conformidad o no sobre cualquier tema, históricamente nos ha costado mucho llegar hasta aquí, pero otra cuestión es perder el respeto y las formas hacia los demás, insultar, criticar y destrozar literalmente a alguien simplemente porqué piensa o actúa diferente.


La sociedad actual nos condiciona para vivir y pensar de una determinada manera y cuando alguien sale del patrón establecido se convierte en objeto de críticas y desvalorizaciones. Juicios ajenos que nada tienen que ver con la víctima, aunque sí con el verdugo que, a modo de espejo, deja al descubierto sus limitaciones y frustraciones más ocultas.


A estas personas les diría ¿cómo sería para ellos cambiar la envidia por la admiración, el insulto por el respeto o la intransigencia por la aceptación?


A los que en algún momento de su vida han sido objetos de descalificaciones gratuitas y han sentido profundamente herida su autoestima, les propondría que pensaran en el poder que están otorgando a los demás para que sean ellos quienes decidan cuánto valen o lo importantes que son.


Cada ser humano posee creencias y experiencias en base a las que elaboramos opiniones de lo más diversas, que por otro lado volcamos en nuestros juicios hacia los demás. Así que lo que cada uno de nosotros pensamos no es más que eso, nuestra opinión, y poco tiene que ver con los otros… y sí mucho con nosotros mismos.


Y es que el problema no está tanto en lo que digan, que es algo que no podemos cambiar ni evitar, sino en el valor que otorguemos a esos comentarios.


Lo que pensamos sobre nosotros mismos es lo que de verdad importa, es necesario que aprendamos a valorarnos y aceptarnos para que nadie dañe nuestra autoestima. Se trata como tantas cosas en la vida, de una cuestión de actitud, de amarnos y respetarnos con nuestras fortalezas y nuestras debilidades.


No tenemos nada que demostrar a nadie, a nadie más que a nosotros mismos.

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